lunes 28 de noviembre de 2011

Moran

Se cubrió con la capucha de la capa, la nieve caía perezosa pero fría. Avanzaba rápido por el bosque, todo lo rápido que su vestido largo le permitía moverse.
Mientras avanzaba entre los árboles evitando las ramas pensó en su maestro, en cómo estaría ahora, en dónde estaría ahora, preocupada dejó de concentrarse y comenzó a romper ramas y a pisar con más fuerza, dejando su rastro allá por donde pasaba. A tanto llegó su despiste que en un momento dado su pelo se enredó con una rama, dejando un mechón rubio enganchado.
Perfecto, pensó sarcástica, ese color de pelo no abundaba por esos lugares, les sería mucho más fácil encontrarla. Su fiel compañero ladró, preocupado, para que se volviese a concentrar y dejase de ser tan descuidada. Ella le miró, como miraría a su padre, si lo tuviese, en caso de que le llamase la atención por su mal comportamiento, rebelde agachó la cabeza, dándole la razón al enorme perro y viró el rumbo. Dando aun más rodeo para llegar a su destino, intentando así despistar a sus perseguidores y evitar el mal que había hecho dejando su rastro. Esta vez fue muy cuidadosa, no dejó rastro alguno, aunque la persiguiesen con perros. Había aprendido que lavarse con jabones hechos con hierbas comunes era el mejor remedio para no dejar su olor, a eso se le añadía el tufo constante del enorme perro que la acompañaba, que olía como cualquier animal salvaje, y su olor tapaba cualquier resquicio de sudor humano que pudiese quedar en el ambiente.
Llegó a su destino, exhausta, más de lo normal, más de lo aceptable en su situación. se cubrió el cabello con un manto raído y se manchó la cara ligeramente para esconder su peculiar tono de piel.Cuando se adentró en la aldea caminando como una anciana su fiel compañero se rezagó, manteniendo una distancia prudencial, siempre controlando sus movimientos. Se apoyaba en su báculo como si de un vulgar bastón se tratase, y a trompicones llegó a la posada.
Pidió un vino templado y se sentó en una mesa no muy apartada, comenzó a bebérselo y se concentró en sentir la presencia de su animal justo al otro lado de la puerta, no fue antes cuando se paró a echar un vistazo a la gente que la rodeaba. Y entonces lo vio, cubierto en ropas negras, con la cara tapada, oculto en la mesa más alejada y sombría, ahí estaba. Como la vieja que simulaba ser se acercó a él, se sentó a su lado. El montaraz la miró, ella le hizo la señal acordada, él le respondió. Sin mediar palabra ambos se levantaron. Él se acercó un momento al posadero y le dijo algo, se volvió a acercar a la chica y le asió del brazo, simulando ayudar a la anciana.
Cuando salieron de la posada el perro olfateó a aquel hombre, le dio su visto bueno y los tres se encaminaron fuera de la aldea, y tras una hora de viaje en silencio, a paso de vieja tullida, llegaron a un claro del tupido bosque que rodeaba la parte norte de la aldea, en el claro había una destartalada choza, húmeda y fría.
Entraron los tres, él tapó las pocas ventanas que había y reavivó el fuego prácticamente consumido de la diminuta chimenea. Una vez que sabían que estaban completamente solos, sin miradas que analizasen todos sus movimientos se abrazaron. Se conocían desde hacía tiempo, compartieron muchos años a su maestro hasta que él tuvo edad suficiente para crear su propio camino, la vida les había vuelto a unir, pero no por motivos de alegría.
Ambos se alegraron de encontrar por fin una cara en la que confiar, con los tiempos que corrían esas caras eran más que escasas, y más de una vez habían sido traicioneras. Pero ellos no, ellos sabían que podían confiar el uno en el otro. Se confiarían mutuamente su vida, incluso el enorme perro de la muchacha defendería al sucio montaraz, puede que no diese su vida por él, pero sin duda le ayudaría a conservarla.
- Sé dónde está Moran. - dijo él, y a ella se le iluminaron, por primera vez en mucho tiempo, sus verdes ojos.

0 Expresiones libres: